A la cárcel de Pamplona le sobra espacio y le falta personal

A la cárcel de Pamplona le sobra espacio y le falta personal

Ocho de sus catorce módulos están cerrados y la ocupación es de unos 270 reclusos cuando tiene una capacidad de mil

Carece de un módulo terapéutico y de suficientes profesionales especializados a pesar de que un 60% de los internos tiene algún tipo de adicción

Texto y vídeo: Edurne Navarro
Gráficos y diseño: Ana Isabel Cordobés
Diseño y desarrollo: Gontzal Aparicio

Cuatro años después de su inauguración, lo que se prometía como un centro penitenciario moderno, espacioso y bien equipado se ha convertido en un edificio con la mitad de sus módulos cerrados, con insuficientes funcionarios e incapaz de atender uno de los principales problemas de sus internos: la drogadicción y sus problemas psicológicos asociados.

«La cárcel está infrautilizada y no hay funcionarios», sostiene Eduardo Mata, juez de vigilancia penitenciaria de Pamplona. La descripción que ofrecen el juez Mata y otras 34 personas entrevistadas para confeccionar esta información dibuja una prisión desaprovechada, enfocada en la seguridad y no en el tratamiento de los internos. No dispone de un módulo de atención a las drogodependencias ni de personal especializado para ello. La fiscal de vigilancia penitenciaria, Ana Carmen Arboniés, aboga por una unidad específica para el tratamiento de toxicomanías, o la derivación de los internos a un centro de desintoxicación. “La prisión no es lugar para rehabilitarse de las drogas», agrega.

En la web de Instituciones Penitenciarias se define dichas unidades como “módulos socioeducativos y terapéuticos, libres de las interferencias que genera la droga”. Cita como paradigma la Unidad Terapéutica y Educativa (UTE) del centro penitenciario de Villabona (Asturias) y añade que actualmente hay UTEs en 16 cárceles a nivel estatal. “Para ponerlo en funcionamiento (en Pamplona) necesita una dotación de especialistas, profesionales y funcionario importante. Aquí no hay posibilidades”, zanja el juez Mata.

Ocho de los catorce módulos
del penal se encuentran cerrados

Juez de Vigilancia Penitenciaria, Eduardo Mata. Foto Eduardo Buxens
El Juez de Vigilancia Penitenciaria, Eduardo Mata | Eduardo Buxens

Un 60% de los condenados ingresa
con problemas de drogadicción

La pertinencia de un espacio “libre de drogas” está respaldada por el hecho de que un 60 por ciento de los condenados ingresa en la cárcel de Pamplona con problemas de drogadicción. Asimismo, más de un tercio tiene también problemas psiquiátricos, y, una vez en la calle, la tasa de reincidencia devuelve a prisión a 45 de cada 100, según la memoria de 2015 del hospital de día Zuría, asociación encargada del programa de intervención en prisión para drogodependientes.

La rehabilitación se complica cuando el consumo de estupefacientes en el interior de la cárcel es algo habitual y asumido públicamente. Saben dónde se puede conseguir la droga o en qué módulos hay”, explica el psicólogo de Zuría Juantxo Castiella, encargado del seguimiento individual de los internos que siguen el programa de rehabilitación que ofrecen en prisión. El juez de vigilancia penitenciaria lo confirma: «A pesar de todos los controles, claro que se encuentra droga. No se puede controlar al cien por cien”.

La Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, dependiente del Ministerio del Interior, ha rechazado la solicitud de Diario de Navarra para entrevistar sobre estas cuestiones al director de la cárcel de Pamplona y también ha denegado la petición para visitar el interior del centro penitenciario.

La cocaína es la sustancia más presente entre los presos de la cárcel de Pamplona. Un 27% de ellos la consumen. Le siguen el alcohol en un 26% y el cannabis

En su inauguración, en junio de 2012, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, destacó que la nueva cárcel de Pamplona era la adecuada para el desarrollo de políticas de reeducación y reinserción social, para que un recluso, cuando sale de la prisión, dijo, «pueda hacerlo siendo mejor persona de la que entró».

Fiscal de Vigilancia Penitenciaria, Ana Carmen Arboniés. Foto: Eduardo Buxens
La Fiscal de Vigilancia Penitenciaria, Ana Carmen Arboniés | Eduardo Buxens
Imagen de la enfermería de la cárcel, tomada en la inauguración en 2012 | Clara Sanz

Diseñada antes de la crisis económica, la prisión de Pamplona costó 100 millones de euros. Incluía una piscina de 500.000 euros que nunca se utilizó y 721 televisores de plasma que no llegaron a instalarse en las celdas.

En la actualidad ocho de sus catorce módulos permanecen cerrados, según el último informe de la Agrupación de los Cuerpos de la Administración de Instituciones Penitenciarias (ACAIP). Tiene capacidad para 1.000 reclusos y hoy cuenta con unos 270.

Tenemos una cárcel que ha supuesto un pelotazo urbanístico con un diseño que se basa exclusivamente en la seguridad, en la que el peso mayor de la inversión está en los funcionarios de custodia y no en los de tratamiento”, analiza Eduardo Santos, diputado navarro de Podemos, abogado penalista y miembro de Salhaketa.

"Tenemos una cárcel que ha supuesto un pelotazo urbanístico"

La escasez de personal es el punto en el que inciden los entrevistados. Y es algo generalizado en el resto del país, según la ACAIP. En su último informe denuncia que el 85% de los centros penitenciarios tiene menos funcionarios del área de vigilancia, personal sanitario, administrativo y técnico. En Pamplona, el número de funcionarios se sitúa entre 180 y 200, según la misma fuente.

La primacía de la seguridad y el diseño del centro hacen que «se pierdan muchos trabajadores» en tareas rutinarias de custodia, abriendo y cerrando las puertas de acceso a los distintos módulos y acompañando a los internos a sus quehaceres, explica José Luis, enlace sindical de ACAIP y funcionario en la cárcel de Pamplona.

Este funcionario agrega que falta formación de los empleados para tratar, especialmente, a internos con problemas psicosociales. “En la cárcel lo que importa es que no se escape nadie y por eso se puede convertir en un depósito de personas”, asume.

Instituciones Penitenciarias dispone en la prisión de Pamplona de tres médicos, cuatro ATS (asistentes técnicos sanitarios), un auxiliar, una farmacéutica, un psicólogo y un segundo en prácticas, además de un psiquiatra que acude una vez por semana. Este equipo atiende las necesidades generales de los reclusos.

Faltan profesionales que trabajen específicamente la drogodependencia y la enfermedad mental”, reclaman las asociaciones que trabajan con presos. La asistencia a las personas con adicciones se coordina en la prisión desde el Grupo de Atención a Drogodependientes (GAD), en el que participan funcionarios y profesionales de ong que acuden semanalmente.

Inicialmente, hay una parte denominada de reducción de riesgos para internos que no puedan dejar de consumir. Incluye el tratamiento con metadona que controla el síndrome de abstinencia y el Programa de Intercambio de Jeringuillas (PIJ) para evitar contagios.

Además, hay un proceso de carácter rehabilitador que realizan dos trabajadores del Hospital de Día Zuria (un educador social y un psicólogo) con el Programa de Intervención en prisión para drogodependientes. Atienden de forma continuada a más de 100 internos al año, en grupos de terapia y entrevistas de seguimiento.

Una tercera opción es la excarcelación por internamiento en un centro de deshabituación a través del artículo 182 del Reglamento Penitenciario cuando llegan a la clasificación penitenciaria de Tercer grado. En Navarra hay tres : Larraingoa (de la Asociación Navarra para la Investigación, Prevención y Rehabilitación de Drogodependencias), Proyecto Hombre y el centro Egiarte (que dirige Ibarre) con 90 plazas concertadas con la Red de Salud Mental.

El director del Hospital de Día Zuria Juan Carlos Oria, compara como “el tratamiento farmacológico está cubierto y hay instalaciones médicas excelentes, pero no hay profesionales”.

Para la Fiscalía, las plazas con las comunidades terapéuticas son “insuficientes para la problemática de delincuentes con un consumo activo”. Representantes de las entidades reconocen tener más demanda que oferta. Las listas de espera tienen una media de diez personas. La reincidencia, describe Patxi Idareta, consejero de Ibarre, está condicionada por el tratamiento. El trapicheo es la forma habitual de financiamiento cuando hay abuso. Si la deshabituación tiene éxito, no suelen reincidir. Si el consumo continúa, vuelven a vender.

Así se vive en prisión

Hospital de Día Zuria
El Hospital de Día Zuria está situado en el pabellón blanco del Complejo Hospitalario de Navarra | E. Navarro
Deslízate por las flechas por los testimonios.

El tratamiento

El educador social de Zuria, Lorenzo Izquierdo, explica que las sesiones psicoeducativas que imparte para una quincena de reclusos es un “espacio de reflexión” insuficiente: “Nos dicen que les gustaría que durasen más porque en el momento que acaba la motivación baja. Otros no tienen intención de dejar de consumir, o están en la incertidumbre”, explica el profesional.

Precisamente, el objetivo de las organizaciones de atención a drogodependientes es que estos internos puedan optar al internamiento en un centro de deshabituación a través del artículo 182 del Reglamento Penitenciario. Cuando acceden a un tercer grado, si la junta de tratamiento lo establece y lo confirma el juzgado de vigilancia, se les excarcela para cumplir su condena en una comunidad terapéutica.

La psicóloga Blanca Martínez observa cómo la mayoría de los pacientes que acaban en la comunidad terapéutica de Larraingoa “son personas con problemas de control de impulsos, ansiedad y poca tolerancia a la frustración”. Durante su estancia, de unos diez meses, a través de sesiones grupales, de autoayuda, trabajan las competencias sociales, la resolución de conflictos, la adquisición de hábitos básicos, la prevención de recaídas y se informan sobre el consumo y sus consecuencias.

De las 65 personas en comunidad terapéutica, 35 tienen o han tenido problemas judiciales.

Lo más consumido en el interior de la prisión es hachís, cocaína y heroína

Los dos trabajadores del Centro Zuria que asisten cada semana al centro cuentan que en sus intervenciones normalizan el “riesgo” de consumo dentro de prisión como parte de la terapia. Al igual que en programas externos se habla de ambientes que propician el consumo, también dentro.

Yo evitaba juntarme con quienes consumían. Trabajé en cocina y hacía deporte, pero ves a gente tomando pastillas y metiéndose rayas», recuerda BGS (38 años), quien permaneció un año en la cárcel de Pamplona hasta que le fue suspendida la condena e ingresó en el centro terapéutico de Larraingoa para rehabilitarse. Según los entrevistados, lo más consumido en el interior de la prisión es hachís, cocaína y heroína.

El consumo en prisión conlleva un parte disciplinario y se envía al juzgado, quien determina la sanción. Normalmente supone la denegación de permisos, principal vía, según fuentes judiciales, por la que ingresan droga. «Si les ves fumando porros o consumiendo se les llama la atención. No vas a ir detrás de ellos. En la cárcel, sobre todo en la de Pamplona, hace falta más tratamiento que régimen», razona un funcionario de la prisión.

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