Reagrupación familiar

Aunque en determinadas regiones, la costumbre sea que uno de los miembros de la pareja se traslade a otro país a mejorar su situación, esa vocación de reunir a toda la familia está en mente de todos.

La reagrupación familiar es un derecho de las personas migrantes y requiere un procedimiento administrativo que, si bien, no suele durar más de unos meses, los requisitos para optar a él sí pueden llevarles años, como una vivienda adecuado y los medios económicos suficientes para mantener a la familia.

Por supuesto, también está la forma alegal, que según Gobierno de Navarra, «es la comúnmente utilizada por casi todas las personas que vienen a España. Esto es, como los trámites administrativos habitualmente suelen ser muy largos, la gente se adelanta y lo que hace es venir a España como turista y a los 90 días estará en situación irregular, pero ya está de hecho con su familia: esa es la reagrupación familiar de facto».

Pero más allá del desgastante proceso burocrático, se necesita un acompañamiento y un apoyo a los recién llegados. Y precisamente de esa labor se encarga el Servicio Socioeducativo Intercultural (SEI) desde hace 17 años.

En sus inicios, trabajaba con adolescentes emigrados con dificultades académicas que los profesores no alcanzaban a atender. A lo largo de su trayectoria, aunque ha continuado ese apoyo escolar, su trabajo se ha enfocado en que afronten ese duelo migratorio, el cual suele durar uno o dos años.

“Son jóvenes de entre 12 y 17 años que han estado una media de 9 años sin ver a su madre, ellos están felices en su pueblo y llegan aquí con una madre desconocida. Ellos en ese momento están elaborando su identidad y sienten que la pierden aquí, por lo que rozan una depresión o una situación emocionalmente inestable con episodios de tristeza o enfado y tenemos que estabilizarles y fortalecerles”, explica la coordinadora del SEI Maite Ziganda. Así se define el duelo migratorio, una ruptura sentimental con su pasado, con sus orígenes y una progresiva adaptación a un entorno nuevo.

Para superar este choque, trabajan diferentes áreas, desde rehacer su historia familiar hasta establecer nuevas amistades, nivelar los estudios o acudir a locales juveniles, a las fiestas de los barrios o hacer excursiones.

“Al principio todos dicen que quieren volver las madres trabajan mucho con ellos en casa… se echa en falta una labor previa, que desde su país de origen se le vaya preparando. Además, hemos pedido que en Gobierno de Navarra haya un servicio de reagrupación familiar y un registro, es decir, que se sepa cuántas personas van a traer para una realizar una formación previa”, cuenta Ziganda.

Agrega que al ser el único servicio especializado en la Comunidad Foral, no dan a basto. Tienen lista de espera y las aulas llenas. A lo largo de un curso escolar, participan un centenar de niños, si se añade las familias, estima que alcanza las 350 personas, más los 150 voluntarios que están durante el curso y en el programa de acogida.

«Ahora lo que más vienen de Bolivia, un 50 por ciento para este curso, y hemos notado ha aumentado menores de China, esto implica muchas dificultades porque no hablan castellano, y siquiera su sistema de expresión emocional tiene que ver con el nuestro», compara Ziganda.

Entre los niños, los testimonios coinciden. Ese duelo migratorio por el que pasan todos. Al principio, prevalece la ilusión de unas vacaciones, pero estas se van tornando en un aula donde no siguen las explicaciones, en la falta de amistades, en una comida que no saborean, en un clima poco acogedor y en una familia desconocida para ellos.

Hace tres años, Alfredo no quería salir de casa. Acababa de llegar de Beni, Bolivia y solo pensaba en volver con su abuela. Tenía 14 años y había estado desde los ocho sin su madre, que residía en España. Ahora sonríe, camino a San Cristóbal y comenta los viajes a los que ha ido con el SEI, las amistades que ha hecho y las asignaturas que más le cuestan.

«Al principio no soportaba estar sin mi tía, que era quien me había criado, porque había estado casi siete años separada de mis padres que vinieron a Pamplona a trabajar. Pero aquí, mi madre siempre trabajaba y mi padre me parecía una persona muy distinta. No quería estar con ellos», recuerda Alisson, de 20 años, natural de Cochabamba, Bolivia. Sufrió una depresión y le recomendaron ir al SEI, donde se encontró con jóvenes que estaban pasando por lo mismo. Y salió adelante. Incluso fue premonitora para seguir ayudando a otros a superar esa tristeza.

LAS MADRES

Micaela no quería depender de su familia política. A los 20 años, ya casada y con dos hijos pequeños, vivía con sus suegros y veía muy limitadas sus posibilidad de prosperidad en Cochabamba, Bolivia, hace una década. Su hermana acababa de aterrizar en Pamplona y le animó a unirse a ella. Su marido y sus tres hijos se quedaban allí, ya que su traslado sería temporal. «A los dos meses de estar aquí, me dijeron que la pequeña, de 13 meses, había fallecido. Ya había sido durísimo dejar a mis hijos, pero esto…Me sentía muy culpable», recuerda la joven. Fueron años muy difíciles que todavía le pesan. Pero siguió adelante. Seis meses después, se reunía con ella su marido y a los ocho años, trajeron a sus otros dos hijos, ya adolescentes.

«Yo no quería venir», ríe Ruth, natural de Ayacucho, Perú, «nunca había sido mi sueño. Conozco a mucha gente de mi país que ha sufrido por la crisis y ha tenido que regresar, endeudado. Soy profesora e imaginaba que, como inmigrante, vendría a hacer trabajo doméstico». Pero su marido reside en Pamplona desde hace once años y finalmente, hace ocho meses, se decidió a reunirse con él y sus hijos. «Cuesta», resume en una palabra. La adaptación tiene sus altibajos, sus momentos de nostalgia, de dudas y de resignación. Pero también de agradecimiento a personas y entidades que les escuchan y les facilitan el proceso.

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