Desplácese hacia abajo

La fiebre del Swing

 Iván Benítez

 Andrés Juárez

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El swing cumple tres años en Navarra

S

on las ocho de la noche de un miércoles cualquiera. Un foco aislado en lo alto de una farola ilumina los pasos acelerados de varias sombras agazapadas por el frío. Aparecen y desaparecen entre la negrura, como si de una actividad clandestina se tratase. Las siluetas caminan por parejas y se sumergen en el interior de un edificio. En la primera planta, una sala iluminada con espejos, la única de todo el inmueble, les abraza con un fogonazo de alborozo. Las sombras se despojan de su negrura. Y los rostros se encienden. Fuera abrigos. Fuera bolsos. Los cuerpos se enderezan. Se escucha música. Un batiburrillo de instrumentos. Estilos difíciles de discernir: jazz, charlestón, rock and roll, ragtime… Las siluetas se arrancan. Bailan. Dibujan compases diferentes. Cadencias improvisadas. Alegres. Rebeldes.

Un curioso observa atónito bajo el dintel de la puerta. Sus miradas. Sus sonrisas. Le atrapan. Pero ¿qué tipo de baile es éste, tan pegadizo?, se pregunta, espoleado ante tanto desparpajo y espontaneidad. Su pie derecho se escapa, a ritmo de trompeta, deslizándose por el entarimado. Hasta que un grito lo frena en seco. El espectador sale del trance. El pie deja de coquetear. Y los bailarines emergen del mundo de espejos. “¡Cambio de pareja!”, exclama Bettina Marie Oyhenart, desconectando el aparato de música. La sala se transforma en un mar en calma. Así arranca la segunda hora de clase de un baile, el swing, que cumple en Pamplona tres años.

Gracias a esta californiana de madre navarra, de Valcarlos, el swing es una realidad en Pamplona, con unos 80 aficionados y 2 profesores. Bettina lo descubrió durante la etapa de más de 20 años que vivió en Barcelona. “Paseaba por la ciudad”, recuerda, “ y me sentí atraída por la melodía de una banda de música”. Se acercó y vio a un grupo bailando con cara de “satisfacción”. Le sedujo. Aun siendo un baile americano, asegura que lo desconocía. Tal descubrimiento le empujó a inscribirse en la academia catalana Swing Maniacs -un referente en Europa- y lo aprendió.

Fue al regresar a Pamplona para cuidar a su madre cuando se puso a dar clases de inglés y de swing. Recorría las marquesinas y los bares pegando anuncios. Iniciaba así una carrera de fondo que, tres años después, empieza a ver la luz. “Después de mucho trabajo ahora empieza a lucir”, exterioriza con satisfacción. Pero ¿por qué engancha? “Porque en dos meses se puede bailar bien. No es tanto de pasos, sino de interpretar la música”, responde Bettina. El único requisito que se exige es apuntarse en pareja. Formalidad con la que se pretende garantizar la normalidad de una clase, ya que “sin parejas no se puede bailar”, aclara Bettina, subrayando asimismo que tampoco es un impedimento inscribirse solo. Lo tienen todo previsto. “Si hay una persona interesada y no tiene pareja, hay una lista de espera”.

Bettina arranca la segunda hora de clase, correspondiente a un nivel más avanzado. Las siete parejas escuchan con atención. “¡No queráis correr! ¡Simplemente tocamos el suelo! ¡No apoyamos los pies! ¡Sugar pushes! (paso envolvente)”, les conmina. Ellos practican una y otra vez cada posición. Sin música. “No hay que exagerar los movimientos. Hay que ser conscientes de lo que se hace, con el cuerpo ni muy duro ni muy blando. Y lo más importante, ¡no corráis!”, añade, sonriente. “Ahora, ¡música y a bailar! ¡Quiero actitud! ¡Chulería! ¡Nos miramos al espejo!”.

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Los alumnos vierten una mirada fugaz a los pies. El “buen rollo” flamea frente a los espejos. Suena Glenn Miller . Los saxos, las trompetas, los trombones y las percusiones de la orquesta de este visionario aguijonean a Patxi Olóriz García (46 años), Cristina Urdániz Goñi (40), Miriam Irigaray Hidalgo (32), Andrés Usatorre Iglesias, Ana Moreno Menjíbar (37), Raúl Hidalgo Sinde (37), Mireia Iragui Ulayar (30), Daniel Varona García, Sergio Alberdi (31), Aurora Gil, Ibon Labiano García (33), Verónica Fernández, Patricia García González (32) y Diego Marco Moraza (31). Al terminar la clase, antes de regresar a las sombras de la noche, detallan los motivos que les empujaron un día a bailar swing. Todos coinciden.

“Salimos totalmente relajados. Nos olvidamos de todo”, responden Patxi (diseñador industrial) y Cristina (hostelera), padres de tres hijos. Los dos se reservan una hora a la semana para “disfrutar” de este momento. “Nos olvidamos hasta de los hijos”, ríen. Comenzaron a practicarlo por hacer algo juntos. “Cristina llegó un día a casa y me dijo que me había apuntado a bailar. Probamos y nos gustó tanto la música…”. Tanto que lo bailan en casa con sus hijos.

“El swing te elige”, dejan claro Miriam (farmacéutica) y Andrés (economista). Los dos empezaron a practicarlo, como la mayoría, por unos amigos. El primer día, dicen, se echaron las manos a la cabeza. “Sabíamos que era rollo antiguo y poco más. Pero engancha y mucho. El ambiente, el buen rollo, la gente…”.

Al descubrir un entorno social tan sano, nos acabamos animando”, Patricia (farmacéutica y ‘lindy hopper’)

El swing ha abierto incluso algún que otro baile nupcial en este grupo. Por ejemplo, en la boda de Patricia y Diego (ambos farmacéuticos), que se casaron el 27 de septiembre. Patricia fue la primera en engancharse. “Fui con una amiga al Liverpol -un bar de Pamplona- y me impactó la música y el ambiente. Bettina me enseñó dos pasos y, a partir de ese momento, me puse a bailar”, ríe. “Al descubrir un entorno social tan sano, nos acabamos animando”.

Ana (dependienta) y Raúl (técnico de transporte) llevan dos años bailando. Nunca antes lo habían practicado. La curiosidad y la música les atrapó. En el caso de Sergio (mecánico) y Aurora (diseñadora gráfica) quedaron prendidos por las caras de felicidad de quienes lo bailan. “Cuesta aprenderlo. Sufres. Pero sigues y quieres más. Es muy divertido. No verás a nadie serio mientras baila”.

En el caso de Sergio (mecánico) y Aurora (diseñadora gráfica) quedaron prendidos por las caras de felicidad de quienes lo bailan. “Cuesta aprenderlo. Sufres. Pero sigues y quieres más. Es muy divertido. No verás a nadie serio mientras baila”.

Ibon (economista) y Verónica (psicóloga), padres de un bebé de 17 meses, se turnan para poder ir a clase. Y lo llevan a rajatabla. Tampoco Mireia (arquitecta) y Daniel (aparejador) sabían bien lo que era el swing. “Fue por un anuncio”. Así como a ella le enganchó desde el principio, a él todo lo contrario. Le desmotivó. “Es que soy más de heavy”, sonríe. Al final, como al resto de compañeros, el ambiente “gamberro” y “desenfrenado” le terminó de seducir.

“Cuesta aprenderlo. Sufres. Pero sigues y quieres más. Es muy divertido. No verás a nadie serio mientras baila”, Aurora (diseñadora gráfica y ‘lindy hopper’)

En España se han abierto en los últimos 15 años 20 escuelas de baile con cerca de 3.000 ‘lindy hoppers’ (unos 40.000 en todo el mundo), principalmente en Madrid, Barcelona, Valencia y Vitoria. En un escenario de crisis económica, al igual que sucedió en los años 30 en Estados Unidos, nace hace tres años en Navarra la Asociación Pamplona Swing. Una organización a la que ya pertenecen alrededor de cien personas y cuya presidenta, Gloria Robles, es una ingeniera de caminos de 33 años, que formó parte de la primera hornada del alumnado de Bettina.

Cuando Gloria evoca los motivos que le empujaron a bailar swing, sonríe, rememorando el viaje que hizo a Nueva Orleans en octubre de 2011 con su novio, Helios Sacristán, un ingeniero de caminos al que la crisis le obligó a emigrar a Edimburgo. Allí lleva desde febrero de 2014, trabajando en el proyecto y construcción de un gran puente. “Lo primero que miró antes de irse era si había escena de baile”. Eso le ayudó mucho a hacer nuevos amigos y tener muchas relaciones sociales. Baila tres días a la semana, “no solo ‘lindy-hop’”, apunta Gloria, “también otros bailes muy comunes de la familia del swing. Incluso ha hecho sus pinitos como profesor de Lindy”, sonríe.

58

Socios de Pamplona Swing

80

Aficionados en la capital foral

3.000

Lindy hoppers en toda España

Pero fue en Nueva Orleans donde ambos lo descubrieron. “Nos enamoramos del jazz. Entramos a un bar y vimos a la gente bailar swing. Nos quedamos en la barra observando. Parecía rock and roll. Solo queríamos salir a bailar…pero no sabíamos. Nos dio mucha envidia”. Dos semanas después, a su regreso a Pamplona, gracias a un anuncio que encontró la madre de Gloria, se inscribió. “Entonces éramos cinco parejas en clase”. Tal es el “enganche” que, desde hace dos años, tanto ella como su pareja planifican las vacaciones en función de los festivales de swing que se celebran en las capitales europeas. El noviembre pasado estuvieron en Cracovia.

Desde hace algo más de tres años, los miembros de la asociación, “principiantes” y “avanzados” de todas la edades, se reúnen en el bar Billares Liverpool en lo que se conoce como “baile social”. Aquí, además de poner en práctica las técnicas adquiridas a lo largo de la semana, planifican viajes a festivales o se organizan cenas, como la celebraron en el Iruña Park el pasado 13 de diciembre, con música en directo a cargo del grupo musical de swing Déu N’hi Do.

El propietario del Liverpool, Santi Salguero Murillo, de 36 años, recuerda perfectamente la primera vez que vio bailar a los pupilos de Bettina. “Me chocó. Nunca había visto este baile en directo. Al principio no venían muchos, pero me gustó porque pega con el ambiente del bar”.

Es jueves y son las diez de la noche, así que no tarda en llenarse de ‘lindy hoppers’ el comedor del Liverpool. Santi observa con satisfacción. Gloria, la presidenta de la asociación, se sube a una banqueta y toma fotografías. “Hoy lo hemos petado”, se oye. “Pamplona, por suerte, se está abriendo mucho y la asociación está haciendo una labor muy importante. Porque, incluso, salen a la calle a bailar para darlo a conocer”, concluye Santi. Los llamados ‘clandestinos’. Un término que viene acuñado de los años 30, cuando se prohibía bailar en muchos lugares de Europa y se quedaba clandestinamente.

¿Qué es el swing y dónde nace?

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l 23 de agosto de 1943, en pleno periodo de entreguerras, la revista Life lo declaró baile nacional en Estados Unidos. Originario en los años 20, este estilo de jazz se convirtió en uno de los géneros más populares en la década de 1930, tras la Gran Depresión de 1929. Un momento histórico en el que la población necesitaba desconectar, brincar, llenarse de energía y de buenas vibraciones.

Sus raíces surgen de la espontaneidad de unas bailarinas de origen afroamericano que improvisaban a ritmo de acordes de piano, sintetizando el jazz, el ragtime (más fogosa y sincopada) y el charlestón. A partir de aquí, evoluciona hasta convertirse en un nuevo estilo: el Lindy Hop (la música swing se puede bailar de diferentes maneras: ‘lindy hopper’, charlestón, balboa blues o claqué son algunos ejemplos).

El nombre ‘Lindy Hop’ viene del diminutivo de Charles Lindbergh, el primer piloto en cruzar el Atlántico, de América a Europa, en un vuelo sin escalas; y Hop hace referencia al salto que dio de costa a costa. La anécdota se remonta a cuando en un maratón de baile un periodista preguntó a uno de los bailarines del Savoy, la sala de baile de Nueva York, qué era lo que estaba haciendo, a lo que él respondió: “Lindy Hop” (el salto de Lindy).

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Aunque nace en el sur de Estados Unidos (Nueva Orleans, ciudad multicultural con especial influencia africana), es en Nueva York, al noreste del país, donde se asienta de manera fulgurante. La eclosión de esta disciplina se desarrolla en las salas del distrito de Harlem. Aquí, figuras carismáticas como: Duke EllingtonLouis ArmstrongBenny GoodmanGlenn Miller se convierten en auténticos maestros y padrinos de este estilo.

Los bailes nocturnos del Savoy atraen a los mejores bailarines del área de Nueva York, tanto a blancos como a negros. “La creatividad y la diversidad es desbordante”, describen las crónicas de aquellos tiempos. Aparece una nueva generación de bailarines. Uno de los más grandes, “el maestro de los maestros”, Frankie Manning. La efervescencia del swing provoca en el Savoy una competición “de bandas de música” hasta el amanecer. La fiesta del ‘Lindy Hop’ se extiende por Estados Unidos, Reino Unido y Suecia, desparramándose por todo el mundo. En la década de los 50 el swing sufre su última variación con el rock and roll. Y a partir de los 60, con la aparición del pop, el baile en pareja cae en desuso. Es en los 80 cuando arranca de forma simultánea en Estados Unidos y Europa. Frankie Manning transmite sus conocimientos a las nuevas generaciones.

1 Comment

  1. Mónica dice:

    Me ha encantado el especial, ¡enhorabuena! Todas mis necesidades informativas satisfechas: texto, música e imágenes. ¡Un reportaje 10 y un puntazo para Pamplona!

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